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31/03/2008
COLUMNISTA : Samuel Diab
La estocada
Otra vez la argentina patética, virulenta, dicotómica, se asomó a las narices de los ciudadanos, a quienes se intentó ideologizar para reinar, o por lo menos hubo un subterráneo propósito que a la postre fracasó, ya que la mayoría de los argentinos, a lo largo y ancho del país, optó por apoyar los reclamos del campo, aunque en este juego peligroso de ambos sectores –de no mediar el raciocinio y el equilibrio- se está ante el avance de algún otro autoritarismo: que se profundice el del matrimonio Kirchner, o nazca uno nuevo proveniente de quienes ya han vaciado las góndolas.

Primero fue el anuncio inconsulto del incremento de las retenciones a las exportaciones de soja, que no sólo despertó la admiración de todo el campo por su magnitud, que más se parece a una confiscación, sino de los argentinos por la falta de consenso y la sorpresa. Pero los avezados hombres de gobierno ¿no vislumbraron que esa medida iba a traer un conflicto sin precedentes, o es que desearon presentar un hecho consumado y luego sentarse a la mesa de negociación, o es que creyeron que la fortaleza política que supo atesorar Néstor Kirchner les era suficiente para neutralizar cualquier protesta?

Como sea, llegaron demasiado lejos, y cuando el campo hizo sentir sus cuitas en las rutas y en las góndolas, llegó lo inesperado: el discurso de la presidenta Cristina Fernández, cuya iracundia no pudo disimular y que lejos de menguar la bronca instalada, la potenció, porque con esa viveza criolla que tanto conocemos de la a hasta la z, nos estaba diciendo a los argentinos que quienes protestaban eran golpistas y que favorecían a intereses inconfesables y que representaban la derecha más radicalizada del país.

No está bien que quiera insultar la inteligencia de los argentinos, por más buena retórica de la que hace gala, aunque a las pocas horas de esa alocución, en la que calificó de “piquetes de la abundancia” a las medidas agrarias, salieron de innumerables barrios a protestar por el discurso viejo, perimido y sin sentido, pecado capital para una presidenta que tendría que conciliar y no separar y que a todas luces se la vio desbordada de arrogancia.

Para varios medios de comunicación porteños, cero, ya que no mostraron las protestas espontáneas de la periferia de Buenos Aires, donde las doñas sin apellido y sin un metro cuadrado de soja propia plantada, salieron a repudiar a la presidenta. Estos medios se centraron únicamente en los barrios paquetes de la Capital Federal, como para subliminalmente decirnos a los argentinos: “Miren, es la Argentina de la abundancia únicamente la que apoya la protesta del campo”.

Hoy se sabe que no es así.

Y consecuentemente, lo largaron al devaluado Luis D’elía como un adelantado para que nos convenza que esta es una lucha entre blancos y negros, entre pobres y ricos, entre “ellos” y “nosotros”, remedando a la otra patria dictatorial del general Reynaldo Benito Bignone, cuando en su primer discurso dándole la despedida al otro general cuyos vahos etílicos le hicieron perder la brújula en Malvinas, Leopoldo Fortunato Galtieri, presentó esa alternativa: “ellos” y “nosotros”, en tanto miles de gargantas lloraban en la Plaza de Mayo por las Islas perdidas definitivamente en el atlántico sur.

Según Luis D’elía, la Plaza de Mayo es de “ellos”, por lo que ahora millones de “nosotros” que no queremos ni saber de izquierdas ni de derechas, no podríamos visitarla, ni pasar por ella so pena de recibir algún mamporro del inexcusable hombre de Cristina Fernández.

No le importó a la presidenta y a sus cogobernantes los escupitazos de D’elía contra la ciudadanía, y en su segundo sermón en la que pidió humildemente el diálogo (con la misma humildad de la que Menem solía repetir hasta el hartazgo que era dueño), pero sin bajarse del caballo, perdón de la moto, lo sentó en un lugar de privilegio. Es decir, no escuchó la voz del pueblo y continuó insultado la inteligencia de los argentinos y esa actitud trajo aparejado un enorme malestar ciudadano cuya manifestación se siente en todos los puntos cardinales de la nación.

Poco tacto, o poca cintura política, o demasiado poder, o demasiada confianza, precisamente conferida por esa fuerza política que atesoraron admirablemente los Kirchner en apenas cinco años.

No se puede hablar de los “piquetes de la abundancia”, cuando en uno mismo se exuda la prosperidad y el lujo, que cálamos sagaces han descrito por el valor de tres millones de dólares anuales, sólo en el vestuario de la primera magistrada argentina. Sobre esto, es menester destacar, ningún medio de comunicación lo ha hecho, que en su segundo discurso fue vestida sobriamente, y se quitó las joyas que ya empezaron a ser molestas al son de tantos “ellos” y “nosotros”.

Ahora seremos testigos de la tercera estocada, pero esta vez con el augurio del camionero y nuevo socio político, Hugo Moyano, que redobló la apuesta y le organizó un acto para este martes primero de abril, donde Cristina nuevamente se desahogará y hará gala de su gama de recursos verbales y nos contará a los argentinos sobre los años setenta, sus ideas y quienes son los otros.

Ojalá prime la idea ejemplar y la actitud de estadista, que es como queremos verla a nuestra presidenta y que se despoje de las veleidades de una argentina perimida, que millones de sus paisanos no desean. Pero tampoco queremos verla vencida, pues tampoco queremos millones de ciudadanos que se instale la dictadura de quienes ahora saben que pueden vaciar las góndolas.

De todos modos, los “otros” dieron una sola estocada, que interesó para siempre el corazón del nuevo poder.

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