Clara Rojas, Consuelo González, Piedad Córdoba, Gloria Polanco, Luis Eladio Pérez, Jorge Eduardo Géchem, u Orlando Beltrán, quien más, quien menos, coinciden en destacar el aspecto criminal e inhumano de ese grupo colombiano que los secuestró y los condenó a parir en la selva. Por lo menos la literalidad se da en el caso de la nombrada en primer término.
Ellos mejor que cualquier analista de escritorio, saben quienes son las FARC y el espíritu que las anima: un grupo mafioso y narco, que se reviste con tintes libertarios de una Colombia cada vez más sujeta al imperio que George Bush propone.
En virtud de esa ¿nueva? política estadounidense que emergió luego del 11 de setiembre, no es nada extraño que las FARC sean apuntaladas por los mismos servicios norteamericanos que dieron nacimiento a Osama Bin Laden, que alabó las políticas de Saddam Husain de Iraq, o al propio Pervez Musharraf de Pakistán, de Hosni Mubarak de Egipto, o de cuanto presidensiaducho que ande suelto por ahí o individuo con veleidades de reyezuelo como el propio defenestrado sha de Irán y con la firmeza de que también financia al grupo terrorista de Al Qaeda.
Esto le viene de periquete para que EEUU justifique su intromisión en Iraq, Afganistán y Palestina. O a quien sea al son de su “guerra preventiva”.
La “paz” lograda por el Grupo Río en República Dominicana dejó bastantes desperdicios debajo de la alfombra. No es cierto, como se dice, que fue una “bofetada a los EEUU”, sino una victoria para su política exterior y para su más firme aliado en la región, como lo es Alvaro Uribe, quien se salió con la suya al matar al segundo de las FARC, Raúl Reyes, de bombardear suelo ecuatoriano, de no recibir ninguna condena por ello, y como premio a esa impunidad, recibir una salva de aplausos cuando teatralmente fue a darle la mano a su par Rafael Correa.
Chávez se desenmascaró
El minuto de silencio que el presidente de Venezuela, Hugo Chávez pidió para el abatido jefe narcoguerrilero de las FARC, Raúl Reyes, es sólo la exteriorización de la trampa en la que el histriónico primer mandatario cayó, pues luego de la escalada colombiana en territorio de Ecuador, debía tener un gesto público a favor de las FARC. Y lo tuvo. Se sacó la careta y dejó al descubierto su filo con las fuerzas guerrilleras.
Luego quiso arreglarla, con el argumento de que “hay que desarmarlas” y conjugarlas en el proceso democrático de la vida de Colombia.
El bombardeo a Ecuador
Que un país bombardee a otro conscientemente como lo hizo el presidente de Colombia, Alvaro Uribe, contra Ecuador, no es algo que deba finalizar con un hipócrita y payasesco apretón de manos. Debía recibir la condena de los organismos internacionales como la OEA, la ONU o el mismo Grupo de Río.
Tragicómico epílogo donde Colombia no tuvo sanción y su presidente Alvaro Uribe salió fortalecido e impune.
No obstante, cada uno de los actores de esto que podría haber sido una verdadera tragedia para América Latina, tiene algo que no puede proclamarlo en forma pública y que se convierte en non sancto: las alianzas de Uribe con los Estados Unidos y Rafael Correa y Chávez con los grupos narcoguerrileros.
Una vez más se impuso la impunidad por sobre el derecho internacional. Mal antecedente que preanuncia tempestad. En tanto nadie recordó el infierno que Ingrid Betancourt sufre.