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26/07/2010
COLUMNISTA : Ismael J. Hayek
La amistad
LA RIOJA.- La amistad verdadera, se lee en Las Mil y Una Noches, no soporta la separación. Hasta el sol palidece cuando tiene que dejar la tierra. La historia está llena de casos ejemplares de amistad. Pilades, rey de micenas, que se ofreció a morir por Orestes; Patrocolo, que sucumbió vistiendo las ramas de Aquiles; Yehonatán, hijo del rey Saúl, que despreció el acceso al trono por fidelidad a David, empeñando de esta manera la mutua lealtad. Son innumerables los ejemplos que a través del tiempo se destacaron en la relación de los inseparables.


Mas la intimidad no implica identidad. Ya lo dice cierta definición: Un amigo es alguien que se conoce bien y, sin embargo, se le quiere.

 

Les referiré una anécdota. ¿Será leyenda? Al coronarse Napoleón I escribió a los demás soberanos participándoles el suceso y calificándolos de “hermanos”. Todos contestaron con el mismo tenor, salvo uno que encabezó la respuesta “querido amigo”. Hubiera podido ser motivo de conflicto bélico si no terciara su fiel consejero Fouchet, aclarando que aquella variación era prueba de afecto, pues los amigos se escogen, mientras que a los hermanos hay que aguantarlos.

 

Se ha citado con frecuencia la singular adivinación de dos personas que al encontrarse por primera vez, se llaman por su nombre de pila. Para algunos creyentes en el tema, se trata de la reencarnación de seres que fueron muy unidos en una vida anterior.

No es indispensable una asidua frecuencia para cimentar una fiel camaradería. Como, así tampoco, nadie negará la realidad del flechazo o enamoramiento a primera vista. Y sin ingresar en el esoterismo, hay que reconocer ciertos fenómenos de espontanea y fuerte atracción, que la lógica no acierta explicar.

 

Llámese alma, magnetismo o ecuación personal, hay algo que no perciben los sentidos físicos y nada ennoblece más al ser humano como la facultad de querer desinteresadamente.

No es esté el marco para dirimir temas de influencia oculta, pero es evidente que el materialismo a ultranza resulta indefendible.

 

Por desgracia, ocurren desilusiones. Cuando, en determinadas fechas, repasamos nuestra lista de amigos para desearles que logren sus aspiraciones, con verdadero dolor hay que cercenar la relación: unos, por que partieron al viaje eterno; otros, lo que no es menos triste, cometieron alguna deslealtad. Felizmente, nuevos nombres ascienden en nuestro afecto.

 

Convengamos que uno solo de los ejemplos, el sacrificio por los amigos, expresado al inicio de este comentario, que llega de tarde en tarde a nuestro conocimiento, nos hace olvidar las miserias de la humanidad y pone de manifiesto… la amistad de las grandes almas, la amistad que soñábamos en nuestra juventud, la hermana del amor y el heroísmo, que vive entre los hombres, dulce como una madre y bella como una diosa, derramando consuelos y haciendo florecer sobre la vida las más nobles virtudes de la naturaleza humana.

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