“Con un 10% de inspiración, y 90% de transpiración”.
En un día triste para los argentinos, por haber sido barridos sin atenuantes del Mundial de fútbol por la maquinaria alemana, vale la pena reflexionar sobre la respuesta de Flemming.
Tenemos los mejores jugadores individuales del mundo. Nadie lo duda. Los más hábiles e ingeniosos. Los más inspirados. Los que ganan los más altos salarios en Europa. Sin embargo, nos derrotó por goleada un equipo que, si bien tiene grandes jugadores, no confía su suerte a la inspiración del momento de alguno de ello, por bueno que sea, sino que basa su poderío y su eficacia en la organización del conjunto y su funcionamiento como grupo.
Tenemos mucha inspiración. Nos falta la transpiración del trabajo en equipo, serio, responsable, constante.
El confiar casi exclusivamente en las genialidades individuales, en la inspiración salvadora del momento y en la picardía de la “mano de Dios”, cuando no en la “habilidad” del jefe para “joder” y trampear al adversario, no es una lacra que afecte sólo al fútbol. También mediatiza a nuestra dirigencia política, sindical, empresaria, cultural, etc.
De esa falla social deriva la falta de seriedad de nuestra política, la despreciativa renuencia a adoptar una estrategia nacional (la estrategia actual de más largo plazo está pensada para 24 horas, que es la especialidad de los Kirchner, aunque no sólo ellos la practican), la improvisación permanente, la irresponsable actitud, oficial y opositora, frente a problemas de fondo como el corte de la ruta internacional a Uruguay por Gualeguaychú durante más de tres años o la investigación de los atentados terroristas de 1992 y 1994 (que llevan 18 y 16 años, respectivamente, sin resolver nada, o tratando pícaramente de que no se resuelva…), la inflación que ya comienza a asfixiarnos o la crisis energética que nos asfixia desde hace tres años, la Capital taponada por piqueteros sin que nadie ofrezca una solución (a ellos y a los que los sufrimos), el descuido de nuestro territorio y la escasez de población que no nos permite ocuparlo y explotarlo debida y racionalmente, entre otras muchas lacras.
Y, lo que tal vez sea lo peor de todo, el fetichismo de creer que “con una buena cosecha pasamos al frente”… y la tendremos, ¡seguro!, porque “Dios es criollo”, Maradona un semi-dios y Messi nuestro salvador.
El mal es de la sociedad argentina como tal. Su exacerbación hasta el actual paroxismo es obra del matrimonio gobernante.
Quizás sea hora de dejar a un costado tanta picardía, tanta improvisación, tanta irresponsabilidad y tan ciega confianza en nuestra inspiración, para dar paso a una política más previsora, más seria, más organizada… aunque ello nos cueste alguna o mucha transpiración.
El amanecer nacional, si llega, no vendrá porque Dios es criollo, ni en el momento en que un pícaro (más pícaro que el resto) saque un conejo de la galera, sino cuando los criollos practiquemos el buen consejo de “a Dios rogando, pero con el mazo dando”.