El seleccionado argentino permitió, con su participación mundialista, un recreo gustoso en todos los ámbitos, empresas privadas, administración pública, calles, oficinas y cada rincón del país vivió con mucha alegría y algarabía cada partido de la selección.
Pero a partir de hoy, la rutina vuelve a ser la misma, la ciudad vuelve a ser la misma… ya no más permisos mundialistas, ya no más bares repletos de gente, ya no más cohesión en las plazas demostrando tanto gozo.
Será porque quizá cada pantalla que encendió este mundial, no se encienda para volver hoy a la rutina, porque el sueño de ser campeones ya terminó, pero hay que volver a pensar en los temas que nos interesan como sociedad. Si Maradona se queda o se va, ya es otra historia, los argentinos tenemos que pelearla día a día, aunque el poder político, que puede fracasar o triunfar cada cuatro años, no nos haya llegado a dar jamás semejante emoción que nos da el seleccionado.
El partido terminó, la pelota dejo de rodar y cada pantalla se apagó, porque hoy la realidad es otra, la tristeza es también otra. Terminado el sueño hay que pensar en los temas que nos atañe a todos, porque mientras la pelota giraba, la inflación tampoco se detenía, y ahora la pregunta es si esto se va a detener o seguirá a este ritmo.
En las Islas Malvinas la situación también se acrecienta, los ingleses realizan extracción de petróleo, aseguran que es mejor de lo esperado, y nadie escucha los reclamos por nuestros recursos.
Comenzó a trabajarse por la carrera electoral de 2011, reuniones de partidos políticos, internas, radicales, peronistas, mayorías, minorías, pero hasta el momento nadie habla de terminar con el clientelismo, el mismo que se aprovecha del hambre de la gente, para hacerlos votar con la panza, en lugar de la cabeza.
Tal vez la tristeza futbolera pasara a ser realmente solo un segundo de malestar, si hoy, después del partido volvemos a ver ancianos en las calles, chicos sin comida, jóvenes que creen no tener futuro, porque algunos sectores de la sociedad les cerraron sus puertas… y nadie se aglutinó en las calles ante semejante tristeza.