Tras un año y 71 días del asesinato de Jorge Ormeño, su autor intelectual y material, el ex juez Walter Sinesio Moreno, fue declarado culpable y condenado con el correctivo más severo que prevé el Código Penal Argentino, junto a sus cómplices. Fue un juicio ágil como pocas veces se ha visto, de parte de un Tribunal que al debatir en Villa Unión, lugar del asesinato, quiso dar un mensaje a la ciudadanía en el sentido de que esta se merecía una buena administración de justicia, luego de tantos marasmos legales que la convirtieron en el centro de atención provincial y nacional. He aquí un trabajo en primera persona, sobre algunos visos de la investigación, cuyo colofón fue la sentencia contra la banda que asolaba el oeste riojano.
Tirado en Zanja de la Viuda, paraje cercano a Villa Unión, muerto y atado en su rodado, el nueve de abril de 2008 fue encontrado el comerciante Jorge Alberto Ormeño. De este modo La Rioja despertó con un nuevo crimen de los tantos que jalonaron la reciente historia policial de la provincia.
A escasas dos horas de conocer la noticia y cuando el ahora sargento Rolando Mario García me otorgó la punta del ovillo del fatídico tema, sólo confirmó lo que quien esto escribe sospechaba de larga data: que el ex juez Walter Sinesio Moreno, sentenciado a purgar de por vida su crimen, tenía mucho que ver en las fechorías que se cometían desde hacía varios años nada más ni nada menos que en un pueblo de gente pacífica y tranquila, que ante esta ola delincuencial, dejó de dormir con sus puertas y ventanas abiertas.
La aprehensión sobre Moreno se fundaba en mi duda sobre su probidad procesal en el caso de la desaparecida turista suiza, Anagreth Würgler y mi íntimo convencimiento de que el único condenado por ese crimen, Alcides Cuevas, era el pato de la boda de las sinvergüenzuras del juez y sus secuaces, quienes plantaron pruebas a diestra y siniestra para inculparlo.
Sugestivamente, cuando Walter Sinesio Moreno fue detenido, el índice criminal en el departamento Coronel Felipe Varela descendió notablemente. Pero en realidad es otra cosa a lo que quiero referirme en este escrito.
El inicio
Ese miércoles nueve de abril, un desencajado García cargó sobre mis hombros tamaño peso moral cuya investigación tenía que iniciar, a raíz de los acontecimientos que preveía, como realmente sucedió a los pocos días del crimen.
La maquinaria adrenalínica se puso en marcha, en el convencimiento de que este crimen confirmaba la intuición periodística sobre otros cometidos en el oeste riojano, cuya mira se había posado en el juez Walter Sinesio Moreno.
Los fueros de Moreno lo hacían inmune; amo y señor de las fronteras del departamento Coronel Felipe Varela.
Un juez de la república al frente de una banda de bandoleros que asolaba en esos lugares donde tenía jurisdicción desde que asumió, con apenas veinte y pico de años, en los cuales no acumuló dotes intelectuales y ni siquiera su historia estudiantil lo mostraba con un promedio brillante en la facultad, en sintonía con lo que saben quienes han cursado con él.
Apenas si mamaba conocimientos del Código Penal, de cuyas figuras era el administrador. A propósito: cuando se supo acorralado y que su detención era inminente, corrió a sus colegas –mecenas de él algunos de ellos- de la ciudad capital para que le hicieran un escrito, último artilugio al que recurrió para intentar treparse nuevamente al barco del Juzgado de Instrucción del que se sabía prácticamente echado.
Sin luces, torpe, con un título logrado a duras penas y con un promedio chato, Walter Sinesio Moreno asumió después de que el actual juez de Cámara, Gamal Andel Chamía, dejara el Juzgado de Instrucción de Villa Unión, donde Sinesio se desempeñaba como secretario.
Su perfil cuajaba a la perfección para ser juez: joven, manipulado por un sector político, y por sobre todo, obediente. Alguna vez devolvería esos favores. No se debe creer que la película El Padrino surgió sólo de la mente del autor del libro, Mario Puzzo; este vivió entre la mafia para poder recrearla en el famoso filme de Ford Cóppola.
¿Quién podría escucharme?
Por una experiencia empírica, supe que debía de inmediato comunicar la especie a algún sector del estado: policía, jueces o fiscales.
Caminé, pensé aceleradamente, consulté con mis íntimos, en tanto Moreno desarrollaba a troche y moche su amañada investigación: el tema era, como estaba prefijado, detener a cualquier ciudadano, plantarle pruebas falsas e inculparlo del crimen. Era impune, tras diez años de ejercer dos acciones totalmente contrapuestas entre sí: la magistratura y la delincuencia.
Sin más me dirigí al Ministerio Público Fiscal para hablar con su titular, Claudio Ana, quien se negó rotundamente a hablar a solas con este individuo de poca monta, por lo que compartí lo que sabía con Ana y el que le sigue en jerarquía, Hugo Montivero.
¿Por qué a la Fiscalía y no a jueces o a la policía?
Fui denostado por colegas y alguna defensa de los acusados, porque me dirigí a Fiscalía y no a la policía o a algún juez, como si los fiscales no fueran parte de la justicia.
Claro que esa infame posición sólo eran réplicas de viejas luchas entre poderosos de las que no hago parte; apenas si fui un pequeño periodista que intentaba colaborar con la justicia y no permitir, hasta donde tuviese fuerzas, que prosperase el cruel, amañado y ya proclamado plan de un juez que entre conciliábulos tramó la detención de tres inocentes.
En realidad, desde hacía más de dos años que me había concentrado en el trabajo del Ministerio Público Fiscal, organismo apático, poco conocido por el gran público, y venido tan a menos como toda la justicia, último baluarte de la ciudadanía para que le “den a cada uno lo suyo”.
Sin embargo desde hacía dos años (ahora tres y pico) que observaba el funcionamiento de Fiscalía y barruntaba que algo estaba cambiando. La ciudadanía, descreída por completo en la justicia, con ese fino olfato de las masas que detectan los nervios sensibles de la estructura republicana, descubrió que en ese reducto, mal ventilado y oscuro sede del Ministerio Público Fiscal, se intentaba cambiar la marcha de la justicia y hacerla más ágil, dinámica y por sobre todo, justa.
Observé –con este viejo oficio del ver- que las denuncias eran interpuestas en Fiscalía y menos en la policía y mucho menos en los Juzgados de Instrucción, de cuyos titulares se hablaba bastante mal, tanto de su praxis como de su vida privada. Y esto último, a porfía del artículo 19 de la Constitución Nacional que habla de la intimidad de las personas, cuando se trata de jueces sospechados de encubrir amantes delincuentes y de ponerlos en libertad cada vez que delinquían, asqueaba a la ciudadanía que sufría las consecuencias de la mala administración de justicia.
Como sea, me dirigí al Ministerio Público Fiscal en la creencia –acertadísima- de que iban a escucharme y no a dirigirse al propio juez sospechado, Walter Sinesio Moreno, como podría haberlo hecho la policía y casi seguro algún juez, si por acaso se me hubiese ocurrido traspasarle el detalle. Y allí, si, esta historia sería contada de otra manera.
Convencer a García
La primer tarea, nada fácil, fue convencer a García de varias cosas: la primera de ellas que me cuente al dedillo todo lo que sabía, detalles, fecha hora, conversaciones, etc.; lo otro, que se lo diga todo al Fiscal General Claudio Ana y tercero, coaccionarlo que de una u otra manera se acerque a Moreno y lo grabe.
García sabía que me había comprometido moralmente, y que no iba a parar hasta dilucidar la verdad. Mientras pasaban las horas el tiempo jugaba a favor del juez Moreno, quien estaba inmerso en su “investigación”, que lo llevó a detener a los tres inocentes Casas, Bernardo y Díaz.
García, compelido por mí, se puso al habla con Moreno y, como estaba pautado entre ellos, éste le dijo que le pediría al jefe de Policía, Luis Angulo, para que lo “ayudase” en la investigación, tal como ocurrió. Angulo lo envío a García, quien fue a parar a la propia casa del juez, donde durmió, amparado por su pistola reglamentaria y por un grabador sofisticado que yo se lo había colocado entre sus pertenencias, y con el cual pude saber íntimamente que se trataba de un asesino.
Cuando García regresó de Villa Unión, quien escribe tenía suficientes elementos para enriquecer a los fiscales:
1º Que Moreno sabía que naturalmente, la causa recaía en él por una cuestión de jurisdicción, y por lo tanto iba a “acomodar” a su manera la investigación.
2º Que este conocimiento le facilitaba el plan que había elaborado, genial aparentemente, pero no tuvo en cuenta el cabo suelto decisivo para la dilucidación del crimen: García.
3º Que Moreno ya tenía a algunos incautos inocentes a los que iba a detener y acreditarles el crimen, así, graciosamente.
4º Que iba a plantar pruebas con tal de que los inocentes pagaran culpas ajenas.
5º Que iba a esconder a los asesinos en su casa ¿Quién iba a entrar a la vivienda de un juez de la república?
6º Que Moreno me había mentido cuando hablé vía celular con él, ya que quien esto escribe en cuestión de horas, sabía que era amigo íntimo, cuasi familiar, de Jorge Alberto Ormeño, en tanto que el por entonces juez me lo negaba (de allí que escribí: “Mi conciencia ya lo condenó”, mucho antes de la sentencia.
7º Que los números de celulares que había obtenido podrían dar sus frutos como así algunos nombres y apodos y pistas que llevaron por ejemplo, a la detención de Mario Isidro Barrios, otro de los cómplices del juez.
Las pistas que se originaron a partir de la primera investigación
Algo turbado por los acontecimientos, logré hacerme escuchar por algunos jerarcas de la policía provincial, la que apenas 48 horas después de haberse encontrado el cadáver había emitido un comunicado en el que aseguraba que el caso prácticamente estaba resuelto.
Contrarrestando esta especie, editorialicé en contrario, y esta férrea posición dio como resultado que algunos jefes me contactaran para que les explique mi tesis. Quedaron satisfechos y a partir de allí, iniciaron su propia investigación, la que iba a llegar seguramente a aunar más sospechas, pero, como dije, el tiempo corría presuroso, pues el entonces magistrado podría atrincherarse en su investigación “acomodada”.
La otra investigación, ya inoculada la sospecha a raíz de mis escritos, y por el aporte brindado por la propia familia del occiso, particularmente viuda y sobrinos, la inició el abogado querellante José Nicolás Azcurra.
E infaltable, Fiscalía puso toda su atención en la conducta del juez, quien se hacía de investigar, pero a su vez estaba siendo investigado.
Cuatro vertientes que se pusieron en marcha a raíz de mi investigación, que llevaba implícita cierta desesperación de que prosperase la de Walter Sinesio Moreno y tres personas inocentes purgaran toda su vida con el crimen del empresario villauniense.
Comencé a presionar y a aportar detalles con el portal digital que dirijo, con el objeto de que la atención se centre en el juez, y por suerte creyeron en mis escritos, y si no lo hicieron, jugaron con esta baraja, que a la postre resultó ser el as ganador.
En resumen, a apenas doce días del asesinato, Walter Sinesio Moreno fue capturado en una habitación de un hotel céntrico de la ciudad de La Rioja, en medio de un dispositivo policial espectacular que él mismo se encargó de generar.
Previamente, la Cámara de Diputados lo había suspendido, como también lo había hecho el Superior Tribunal de Justicia.
El trabajo de los fiscales
La verdad que la investigación de este periodista nunca habría prosperado, ni mucho menos llevar a la cárcel a Moreno, sin la magistral actuación de la Fiscalía General como erróneamente denominamos al Ministerio Público Fiscal.
A la hora de tener la primicia del crimen y sus detalles, me senté con Ana y Montivero, como ya dije, y aunque intentaban disimularlo, no podían ocultar tamaña sorpresa: un juez de la república había asesinado cruelmente a su íntimo amigo: Jorge Alberto Ormeño, con saña y alevosía y una ferocidad sin límites.
Claudio Ana y Hugo Montivero. Es justo que reconozcamos de qué modo han trabajado en esta causa. Los argentinos y particularmente los riojanos, no somos afectos a demostrar hidalguía cuando alguien se lo merece en cualquiera de los amplios rubros que abraza el hombre y menos si sus resultados son exitosos.
(Recuerdo que cuando el Premio Nobel César Milstein logró el galardón internacional, trabajaba en una covacha de dos por dos, donde genialmente realizaba sus investigaciones científicas, con un sueldo miserable. Así fue, porque esta maravillosa nueva raza de la que hacemos parte y que nació en este país (crisol de razas que le llaman) en una de sus peores facetas es incapaz de reconocerle al prójimo cualquier logro en su vida personal (César Milstein murió en Inglaterra, donde fue a trabajar en la celebérrima Universidad de Cambridge)).
Epílogo
Por primera vez en muchos años existió una hermosa conjunción: un ciudadano periodista comprometido hasta los tuétanos, la justicia, la policía y el poder político, obrando en conjunto para esclarecer un hecho inédito y jamás visto en La Rioja, ni en el país.
La corrupción de Moreno llegaba a límites espantosos. Había fundado una verdadera banda que asolaba el oeste riojano, total él era, nunca mejor dicho, juez y parte. Juez para investigar “los delitos que él mismo ocasionaba”.
Es sugestivo que después de la detención del juez, se hayan terminado los grandes delitos en Villa Unión. En algún momento daremos a conocer los índices que tenemos en nuestras manos.
Fue un año duro, pues trabajé con mi pobre corazón que tiene dos by pass, más de lo que este escrito contiene y que por muchas razones, ya es inútil narrar.
Agradecimiento
Y en esta, tal vez mi última intervención en lo que se llamó el caso Ormeño, no puedo dejar de agradecer a mi familia; a todo el plantel de EL DIARIO DE LA RIOJA, y a otras personalidades que de una u otra manera me hicieron sentir que mi perenne soledad sólo es la subjetividad del poeta, pero que jamás me dejaron en el desierto de la nada.
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El hombre que se decía juez (la historia real)
El Juez Walter Sinesio Moreno llegó a Patquía en los días previos a Semana Santa del 2008. Antes, había convenido con el “Agente X” en encontrarse con él, en la bifurcación de caminos de esa localidad. En las conversaciones vía celular y mensajes de texto, le había adelantado que tenía un “trabajito”.
Moreno tenía mucha afinidad con el Agente X, desde que este había culminado con éxito el último tramo de la investigación del caso de la turista suiza desaparecida en Pagancillo, Anagreth Würgler, tema que lo había lanzado a una efímera fama desde que el juicio se inició, hasta la condena de Alcides Cuevas. Hasta en Suiza se había hablado de su prestancia como hombre de la justicia.
También el Agente X y otros que no son necesarios en esta historia, le había ayudado a prender en Vinchina, a dos sujetos peligrosos, Luci y Sánchez, junto con la policía de San Juan. Allí se lo vio a Moreno portar un arma –innecesariamente- en el momento de atraparlos.
Ese pequeño dato del arma en la mano de Moreno y sus actitudes, le habían dado al Agente X la seguridad de que no se trataba de un hombre común y de que “tenía bolas, tenía”. Repetía de él que “actuaba más como policía que como juez”, aunque quizás actuaba más para la foto que como policía o juez.
El magistrado le había adelantado al Agente X que se trataba de un “trabajito” que lo iba a “parar para toda la vida”, aunque este último pensó que “para toda la vida” se trataba de un exabrupto del juez y que el “trabajito” no era otra cosa que una investigación más. Muchas cosas y delitos pasaban en el oeste riojano últimamente, pero lejos estaba de imaginarse que el “trabajito” era limpiar a un comerciante de Villa Unión.
EL AGENTE X
Desde hace años tiene un cargo mínimo en la fuerza policial, además de una foja de servicios envidiable por la cantidad de carpetas médicas, más otras lindezas que no vienen al caso, pero que en nada menguan otras cualidades innatas del policía, y policía de alma.
Inclina la balanza a su favor el gran corazón que tiene y el sentido de la amistad que cultiva con varias personas que lo quieren y respetan. Es inteligente, perspicaz y desconfiado, tres elementos infaltables a la hora de iniciar una investigación. Algunos de sus superiores lo estiman suficiente para hacer la vista gorda a sus faltazos, otros decididamente no lo quieren porque creen –en sintonía con el reglamento policial- que no reúne los requisitos de formalidad que debe guardar un policía.
Pero el delito sigue aumentando a pesar de las formalidades del reglamento.
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Cuando el Agente X escuchó la propuesta del juez Walter Sinesio Moreno –quien esa tarde de encuentros en Patquía regresaba a Villa Unión desde La Rioja- no podía creerlo. Pensó que se trataba de una cámara oculta u otra bromita típica de los argentinos, aunque no tenía la confianza necesaria con el hombre que representaba la ley para intercambiar ninguna broma, y ninguno se habría permitido tal cosa. El trato entre ellos era de extrema formalidad y no existía el tuteo. “Mire Agente X, con todo respeto, vamos a bajar a un tipo”.
Pero le siguió la corriente para ver hasta donde llegaba.
Había que asaltar a un comerciante de Villa Unión, y, elocuente, le habló de su presente –seco- y de su futuro (futuro del Agente X, se entiende) –promisorio-. En este último estado paradisíaco, ya no existía la palabra trabajo, yugo diario, ni jefes gritones y mandones: “Sus hijos, su familia, tiene que pensar en ellos Agente X”, le dijo para terminar de convencerlo.
-Pero doctor –quiso saber el Agente X- ¿Usted ha pensado en las consecuencias?
-Usted deje que la estrategia la maneje yo. Limítese a lo que yo ordene. Los tiempos y el dinero los manejaré yo. Ya lo tengo todo planeado y tenga en cuenta que usted se parará para toda la vida. No tendrá que trabajar nunca más.
-¿Y cuanto me va a tocar doctor por el trabajo?
-Unos cien o doscientos mil pesos.
-¿A quien hay que matar doctor?
-Bueno, hay que voltear a un comerciante de Villa Unión. La cosa es de un millón de pesos y tenga en cuenta que es dinero sucio de la droga, de la venta de autos truchos, robados… -explicó Moreno para justificar el golpe-. El, como juez, tenía que desterrar los vicios del pueblo.
-¿Y se puede saber quien es doctor?
-Si. Jorge Ormeño. Así que lo espero en Villa Unión en uno de estos días para ultimar detalles. A partir de ese día las comunicaciones entre ambos no se cortaron y los mensajes de texto iban y venían, hasta que el sábado 22 de marzo de 2008 al mediodía, el Agente X viajó a Villa Unión aunque la cita era en la Picada del Cardón, un paraje cercano a esa ciudad, más precisamente entre Pagancillo y Villa Unión. El Agente X tuvo que quedarse poco antes de llegar a la Picada del Cardón, porque allí hay un vado que en esos momentos llevaba mucho agua, por lo que mientras esperaba se entretuvo mirando de qué modo unos turistas vadeaban la corriente montados en sus bicicletas mountain bike.
Allí llegó Walter Sinesio Moreno con un individuo a quien lo presentó como “Marcos”, y en ese marco natural, piedra, cardón, viento, arena y polvo, decidieron pasar a un camino conexo, pues necesitaban de una mayor discreción para conversar. Pasaban muchos vehículos y había que usar la prudencia. Este Moreno se las sabía a todas.
“-… ¿Y doctor, cómo va a ser la cosa? Preguntó el Agente X.
-Mire, la cosa es así. Al asunto hay que hacerlo a cara descubierta, vamos a conseguir a uno más por si se resiste, así somos cuatro, y vos –dirigiéndose a Marcos- te vas a encargar de los chips. Usted –esta vez al Agente X- lo va a reducir. Yo me encargo de las pruebas, y de todo el resto. No se hagan problemas por eso.
-Pero… ¿y con cuanto vamos a ir cada uno?, quiso reaveriguar el Agente X.
-No hay que adelantarse. Lo único que les digo es que se van a parar para toda la vida. Hay un millón de pesos en juego. Conozco todos los movimientos del tipo. El vive sólo con su mujer en Villa Unión y nadie más. Hay que hacerlo un día martes a la noche, que es cuando viene con el maletín lleno de plata. Cuando entre a la cochera allí lo van a reducir. Le quitan el maletín, van por la caja fuerte que está en tal y tal lugar. A la mujer la dejan atada, y después se van a mi casa que yo los voy a esconder hasta que puedan irse.
-¿Y en qué momento nos repartimos la plata?, siguió averiguando el Agente X.
-Olvídense de que “nos vamos a repartir la plata”, recién lo vamos a hacer a los seis meses del golpe porque no quiero que empiecen a gastar y llamen la atención.
-Doctor ¿pero usted está seguro de los movimientos del tipo? ¿Cómo sabe tantas cosas de él, el tema del dinero de la caja fuerte, etc.? –siguió preguntado Agente X, quien a la sazón era el único que preguntaba ya que Marcos cada vez que metía su cuchara era para explicar y darle también detalles de la operación.
-La mujer un día vino a mi despacho para que la asesore porque se quería divorciar y estaba preocupada por los bienes gananciales, así que entre asesoramiento y asesoramiento, me dijo todo lo que el tipo tenía y el movimiento de dinero.
-Digame doctor ¿usted tiene algo que ver con la mujer del tipo?
-No. Es sólo una relación profesional.
-¿Y por qué lo vamos a hacer a cara descubierta doctor?
De la Picada del Cardón, donde se fijaron los detalles del robo, partieron a Villa Unión pues había que reconocer el terreno y familiarizarse con él. El Agente X estaba sorprendido por el minucioso conocimiento de Moreno sobre los movimientos de Jorge Ormeño. Sabía a qué hora pasaba fulano, quien llegaba a otra hora; los hábitos de los vecinos y ni qué decir de las costumbres rutinarias de quien iba a ser la víctima.
Aparentemente el plan era perfecto. Se realizaba el robo, los cacos se escondían en la casa del juez. ¿Quién iba a sospechar nada más ni nada menos que del juez? Este iba a estar al frente de la investigación y la iba a manejar adecuadamente. Ya se había hablado, además, de las pruebas que iban a “plantar” a algunos insidiosos con Ormeño, o sea que todo encajaba salvo algo que le rondaba en la cabeza del Agente X.
¿Por qué había que hacerlo a cara descubierta?
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Cuando regresó a La Rioja, el Agente X pensó ¿Cómo detengo esta locura? ¿Y si voy a mis jefes y se lo comento? ¿A quien se lo digo? ¿Este hombre llegará a concretar el golpe? ¿Por qué a cara descubierta? Por supuesto que ni remotamente había pensado en su participación. Podía ser cualquier cosa, menos un delincuente y ahora tenía que zafar.
Faltaban pocos días para el martes en que había que realizar el robo. La fecha clave era el 25 de marzo a la noche.
Ese día, según el juez, Ormeño venía con su maletín cargado con plata.
Tentado estuvo varias veces el Agente X en ir y contarle todo al mismo Ormeño pero también era una idea loca.
Primero, el comerciante era muy amigo del juez, segundo, no le iba a creer, y tercero, seguro que le iba a contar al propio Moreno.
“Soy un triste policía y el tipo es un juez. Me manda preso en el acto y mis superiores me echan de la fuerza”, pensó. Y decidió dejar sepultado todo en su memoria.
El fatídico martes, a las 5,30 de la mañana, el Agente X le envió a Walter Sinesio Moreno un mensaje de texto: “Doctor: la Jefatura me ordenó hoy cumplir con un trabajo y no puedo dejar de hacerlo, así que no puedo viajar”.
“Está bien, tengo a otras personas”, le contestó y a partir de allí se cortó la comunicación.
El Agente X esperó el martes, miércoles y jueves por alguna novedad mediática de la fechoría, pero no pasó nada y se quedó tranquilo. Con su defección, Moreno no iba a cometer el robo, pensó y además, elucubró la idea que como él era un cabo suelto muy importante, el juez tenía que haber desistido de la acción. Si llamaba otra vez, ya le sabría decir nones.
Quince días después, el 9 de abril, La Rioja amanecía con un nuevo cadáver. Era el empresario Jorge Ormeño. Lo habían encontrado asesinado dentro de su camioneta.
A las 10 del mismo día, el Agente X apareció en la oficina del portal digital EL DIARIO DE LA RIOJA.COM para hablar con su director, viejo amigo y con quien hacía trabajos de investigación periodística esporádicos.
El trabajo más reciente que lo había ligado con el hombre de prensa era cuando este descubrió el plan del sector liderado por el ex gobernador Angel Maza para lograr la intervención federal a la provincia. El Agente X había sido designado para averiguar algunas señales que llegaban sobre ese plan, el que fue descubierto en su totalidad y desactivado paso a paso por el otro sector liderado por el actual primer mandatario Beder Herrera.
Todo lo narrado anteriormente le fue volcado al periodista por el Agente X.
A las doce del mediodía, el periodista a su vez le trasladaba toda la información al Fiscal General de la Provincia, Claudio Ana.
CAPITULO DOS
La información otorgada por el Agente X era tan descabellada –UN JUEZ DE LA REPUBLICA ASESINO- que la confianza hacia el agente de policía por parte del periodista de EL DIARIO DE LA RIOJA trastabilló, y quiso escudriñar por sí mismo la especie.
Instó al Agente X a que de inmediato se comunicase con Walter Sinesio Moreno en su presencia, vía mensaje de texto.
Así lo hizo, en el convencimiento de que el magistrado, preocupado por este cabo suelto tan importante, le iba a responder inmediatamente, tal como sucedió. El mensaje del policía decía: “Doctor: recuerde que estoy a su servicio por si le hago falta para la investigación”.
A los segundos Moreno se pone al habla, y le contesta: -Escuche, le voy a pedir al jefe de Policía, Luis Angulo, que me lo mande para que me ayude en la investigación.
-Doctor ¿cómo está la cosa allí?, intentó seguir hablando el Agente X.
-Mire después hablamos, se trata de un ajuste de cuentas.
“Ya era un acercamiento -pensó el periodista, en tanto su cerebro funcionaba a mil- por lo menos han hablado de algo que ambos conocían, no se necesitó de ningún otro dato aleatorio, y como algo aledaño, corroboró lo que el Agente X me dijo: que el juez lo iba a llamar para culminar con éxito la investigación, plantando pruebas a diestra y siniestra con tal de empiojar la cancha”.
Mientras el Agente seguía dando detalles, el cerebro del periodista estaba en otra cosa. Conocía los riesgos de profundizar por sí mismo en la investigación. Pensó que a veces se hace ingrata la tarea y que muchas veces en este país, la víctima pasa a ser victimaria. Pensó en su familia, pensó en sí mismo, pero pensó además, que se iban a incriminar con pruebas falsas producidas por el mismo juez que investigaba, a personas absolutamente inocentes.
Una de ellas iba a ser una mujer, por el solo hecho de estar involucrada sentimentalmente con el occiso, más algunos otros, de quien el Agente X ya le había adelantado que iban a ser acusados falsamente.
Despidió al Agente X, con el presagio que no iba a pasar mucho tiempo en que se iban a ver, como sucedió.
El periodista salió a caminar unos veinte minutos, una por prescripción médica, pero más para despejar su mente y moverse de acuerdo con la carga que habían depositado en él. Luego habló con su familia, y después de eso se fue a la sede del Ministerio Público Fiscal y pidió hablar con su titular, Claudio Ana.
Tras la espera de una hora, o más, debido a reuniones que el funcionario presidía, el hombre de prensa fue recibido a las apuradas en el despacho del doctor Claudio Ana.
-Doctor: disculpe que robe de su tiempo, pero creo que tengo algo trágico que decirle, le dijo mientras veía cómo se acomodaba en una tercer silla el fiscal Hugo Montivero.
-Mire doctor, prefiero hablar con usted a solas, añadió el periodista en tono firme.
-El fiscal Montivero es un hombre de mi absoluta confianza, puede hablar delante de él, contestó Ana en un tono no menos firme.
-Por lo general, no me traen carne podrida, ni creo que la noticia que le voy a dar sea falsa. Es más, por ahora tengo algunos elementos para creer que es verdad. Se trata del crimen del empresario Jorge Ormeño. Mis fuentes aseguran que el que lo mató fue el mismo juez Walter Sinesio Moreno.
Claudio Ana abrió grandes sus ojos con un gesto mecánico, el que intentó por segundos que pase inadvertido, aunque el periodista ya lo había calado. Luego escudriñó el rostro del reportero para descubrir en él, seguramente, alguna tara que indique un indicio de megalomanía. Y a su vez era examinado por su interlocutor, quien creía que la escena vista por un tercero sería tan ridícula y que el Fiscal General de la Provincia en cualquier momento largaría una carcajada.
Todo lo contrario (Ana se habrá contenido, supuso el escribiente ya que su rostro intentó ser todo lo impersonal y frío que se puede) y con su mejor buena educación escucho atentamente lo que el hombre le contaba. En tanto el fiscal Montivero, como si tuviese vergüenza ajena, miraba el suelo y balanceaba uno de sus pies como un péndulo. El hombre de prensa -no sin cierto divertimento a pesar de la descomunal noticia- leía la mente de ambos, y para ello no precisaba poseer el don de la telepatía.
La especie sólo la conocían cuatro personas, más los propios involucrados.
“Bueno, bueno, bueno, vaya tranquilo que nosotros nos vamos a ocupar. Que le vaya bien, cualquier cosita lo llamamos ¿eh?”, etc., etc., etc., lo despidieron.
A las 19 del día siguiente, es decir, el jueves 10 de abril, el periodista recibió la llamada personal del fiscal general para que acuda de inmediato a su oficina.
Esta vez le fue abierto de inmediato el camino a las oficinas de Ana, mediante un empleado que le allanaba el camino hasta las oficinas del funcionario, quien le confirmó que “las cosas no andan bien por Villa Unión”. A la sazón, habían empezado a ver irregularidades y torpezas en la actuación del juez Walter Sinesio Moreno.
Es que a partir del informe, y a pesar de la duda de una noticia fuera de orden, la que no cabía en el cerebro de nadie, todavía, Claudio Ana instruyó al fiscal de Villa Unión, Alberto Ocampo, para que depositase toda su atención en el comportamiento del juez natural de la causa Ormeño.
Lo que no sabía Moreno, es que a las pocas horas de iniciada su investigación, él era el investigado por los ojos escudriñadores de los fiscales de la provincia.
Es así que la primera irregularidad se planteó cuando se hizo el allanamiento a la concesionaria que Ormeño regenteaba. En esa circunstancia la viuda, Maria Mercedes Chitarrone, más conocida por todos como “Pipi”, una médica pediatra de renombre en Villa Unión, había deslizado que el juez Moreno era el último que había visto a su esposo la noche fatídica, más los llamados telefónicas que se cruzaban entre ellos.
Sin embargo este dato, en el acta respectiva, fue obviado por el juez y más, ordenó que tal cosa no fuese plasmada en el papel. Pero el dato no pasó desapercibido por el fiscal Alberto Ocampo, a quien ya le habían ordenado que pusiese toda su atención en Moreno, por lo que discretamente solicitó la presencia de la señora Pipi en su despacho, y le pidió que ampliase lo que había dicho en la concesionaria.
La señora Chitarrone no hesitó en contar que el último que vio a su esposo fue el juez Moreno, entre otros datos alentadores para la dilucidación del caso, con lo que, con el prejuicio que el periodista de EL DIARIO DE LA RIOJA había depositado en los fiscales, se tomó la punta del ovillo.
Cuando Ana vía fax tuvo en su despacho la declaración de Pipi, le ordenó a Ocampo que solicite en forma inmediata la recusación del juez. Ocampo lo hizo, pero estaba aterrado. Era como si el miedo lo hubiese paralizado, por lo que él también pidió inhibirse, teniendo en cuenta que era deudor del muerto por el monto de 22 mil pesos.
Con la recusación en su mano, cuyo argumento más destacado era la declaración de la viuda, el juez Moreno la citó nuevamente a la mujer, y otra vez le tomó declaración, en la que él mismo hacía de escribiente, algo también irregular y fuera de las normas. En ese testimonio la mujer se desdijo de su declaración ante Ocampo, y con ello el magistrado se negó a retirarse de la causa.
Los fiscales tenían la semi certeza que algo estaba muy podrido en Villa Unión, tanto por la primera declaración, como por la segunda, inconexas entre sí y pensaron en citar a la viuda a la sede capitalina de Fiscalía para una tercera declaración.
Tenían estos testimonios contradictorios, los dichos que el periodista les había confiado y que se estaban produciendo, como ser las detenciones aparentemente “eficientes” y “veloces” del juez, y toda la torpeza de una investigación amañada que no podía resistir varios días más.
Ahora el trabajo inmediato era apartar al juez Walter Sinesio Moreno de la causa. “Desesperadamente, había que ganarle al tiempo. Había que trabajar contra reloj. Claudio Ana se puso al frente de sus cuatro fiscales Hugo César Montivero, Andrea Moreno, Julián de al Colina, el nombrado Alberto Ocampo y él mismo, sin dormir, hasta altas horas de la madrugada. Caso contrario la investigación del juez Walter Sinesio Moreno -la verdad corregida- podría afianzarse y dar por el suelo el trabajo detectivesco de la justicia”.
Por su parte, el juez Walter Sinesio Moreno ya había detenido a una amiga íntima de Jorge Ormeño, Edith Catalina Casas, al tucumano Jorge Díaz y al mendocino Héctor Bernardo. A la primera, tal como se había previsto, inculpada por pruebas irrefutables en su contra, a la postre plantadas por el propio magistrado y sus cómplices, a igual que los segundos, llamados comúnmente perejiles.
Sobre Casas hay poco para decir, salvo que fue novia del occiso, un hecho por todos conocidos, hasta por la propia esposa de Ormeño. Y ese conocimiento que tenía sobre ambos el juez Moreno, le había sido eficaz para incriminarla falsamente.
En tanto, Díaz y Bernardo tuvieron la poca fortuna de estar el día de su detención, en un lugar equivocado, nada más; de ser pobres y posiblemente, como dejó trascender Moreno, con antecedentes penales.
Pero el magistrado no paraba de maquinar. Había prometido que el Agente X –que como dijimos representaba un cabo suelto muy importante- debía viajar a Villa Unión para ayudarlo con la faena de “llegar a la verdad”. Por ello habló con el jefe Luis Angulo y le pidió en forma verbal que el Agente X viajase a aquella ciudad porque lo necesitaba. Angulo accedió al pedido, ignorante totalmente de la cuestión de fondo, aunque era sabedor de algunas irregularidades recientes cometidas por el juez.
-No vayas porque es demasiado peligroso, le recomendó el periodista de EL DIARIO DE LA RIOJA.COM
-No. Tengo que ir porque será la única manera de conseguir más elementos que lo incriminen al juez, le contestó.
-Creo que es demasiado peligroso, porque sos un elemento muy importante para el juez, y podría hacerte desaparecer.
Además, vas a llegar en el ómnibus de las 11.30 y te citó directamente a su casa. ¿Qué seguridad tenés?
-No te hagás problemas, sé el riesgo pero no puedo dejar de ir a su llamado. Me necesita y yo necesito que me diga todo y contribuir en algo a que se esclarezca este hecho.
-Bueno, pero estamos en contacto permanente. Te vas a llevar este aparato muy sofisticado para que lo grabes y puedas registrarlo todo.
El lunes 14 de abril, es decir, a cinco días del asesinato, el Agente X partía para Villa Unión.
Partía a un destino incierto.
CAPITULO TRES Y FINAL
El lunes 14 de abril, es decir, a cinco días del asesinato, el Agente X partía para Villa Unión desde Patquía. Iba con su uniforme a un destino incierto, pese a los pedidos de sus más cercanos para que no lo haga. Eran las 20.30, aproximadamente, cuando tomó el ómnibus.
Arribó a las 23 a Villa Unión, pero antes recibió un mensaje de texto de Walter Sinesio Moreno: “¿Dónde se encuentra?”, a lo que contestó: “Llegando a Villa Unión”.
-Bájese y vaya directamente a mi casa y espéreme a que llegue.
-ok.
El Agente X bajó frente al hospital y se dirigió al domicilio del hombre de la justicia. Tocó el timbre y no lo atendió nadie.
Tenía las tripas revueltas. Hacía frío y sentía más frío aún en su alma. Le dolía tremendamente una de sus piernas, producto de un desgarro.
La casa de Moreno es una vivienda de barrio de clase media, por suerte para el Agente X, con mediana iluminación que menguó en algo la soledad que sentía.
Tocó nuevamente el timbre y algo aliviado, “por ahora”, pensó, se dirigió al bar de la YPF. Seguía sintiendo ese temor animal que no lo abandonaba desde su salida de Patquía.
Desde allí llamó a la comisaría de Villa Unión para hacerles saber de su llegada. Intentaba por todos los medios que lo viese la mayor cantidad de gente posible. Intuía que esa noche, se le venía la noche. Pidió un café. En ese momento recibió otro mensaje del juez: “¿Dónde está? ¿Ya llegó?”.
-Estoy en la YPF tomando un café.
-Ya voy, le escribió Moreno.
A los minutos llegó un Ford k violeta, con vidrios polarizados y el juez, aparentemente solo. Se bajó y saludó al policía, se sentó y se desarrolló el siguiente diálogo:
-¡Cómo está!, le dijo Moreno.
-¿Tomamos un café doctor?
-No, está bien.
-¿Qué pasa doctor que está tan preocupado?
-Estoy cansado, recién llego de La Rioja.
-¡Por qué no me lo dijo!, Yo lo esperaba y me traía Ud.
-Pasa que andaba haciendo unos trámites para hacer el escrito y rebatir la recusación del fiscal Alberto Ocampo.
-Doctor, no me diga que se fue a La Rioja para que le hagan un escrito a Ud.
-No sólo es eso. Allí tengo amigos y profesionales que me asesoran.
-¿Y cómo esta la situación doctor?
-Bueno, le comento que me lo quiero sacar de encima al fiscal Alberto Ocampo. Eso es de urgencia. Está embarrando mucho la cancha y así no puede trabajar. Tengo tres detenidos y el caso ya casi está resuelto.
-No entiendo ¿y yo qué tengo que hacer?
-Le repito. Primero tenemos que estudiar cómo lo sacamos a Ocampo del camino.
-¿Pero que ha hecho Ocampo?
-Vamos a mi casa y seguimos conversando, lo invitó.
-Pero doctor, no tengo un peso, no me pagaron lo viáticos, pero puedo quedarme en una pensión, trató de zafar el Agente X ahora con un poco de miedo.
-No se haga problema. Esta noche duerme en casa y mañana solucionamos todo.
“Ni loco”, se resistió mentalmente el Agente X, “este me revienta apenas me descuide, me está llevando al matadero.
¿Qué habrá planeado para mí? ¿Cómo salgo de esta?”.
-No doctor, por favor me voy a un hotel y voy a fiar hasta que me den los viáticos.
-No, ya está decidido, usted se va a mi casa, dijo con voz de juez y el uniformado no tuvo más remedio que aceptar.
Cuando subió al Ford K, vio que en su interior se encontraba el padre del juez, a quien conocía de años ha. En el corto trayecto de la estación de servicio hasta la vivienda de Moreno, unas cinco cuadras aproximadamente, el dolor de la pierna del Agente X se hizo insoportable y el estómago lo tenía dado vuelta. Más frío, más dolor. Nada bueno presagiaban.
Colocó al automóvil en una especie de garaje y entraron a la casa, al comedor. La esposa del juez se levantó, saludó y nuevamente regresó a su habitación. El padre también se retiró. Ya era la medianoche.
La conversación siguió entre el juez Walter Sinesio Moreno y el Agente X.
-Yo le tengo mucha confianza y necesito que me dé una mano, disparó el juez.
-Doctor, yo estoy afectado a la causa desde el día sábado por orden verbal de mis superiores. Recién vengo hoy porque sé que usted me necesita.
-No se preocupe por los viáticos, que lo vamos a solucionar. Quédese tranquilo por eso. Le vamos a hacer pagar los viáticos y la familia de Ormeño lo va a gratificar también.
-Que no vaya a pasar lo mismo que con la suiza, que no nos pagaron nada doctor.
-No, por favor, ahora es otra cosa.
-Bueno doctor, vamos al grano. Cuénteme cómo fue el tema.
Esquivó la pregunta como pudo. Estaba muy nervioso, pero conservaba la calma, aunque algo alterado en sus palabras. Se mostraba muy obsesivo con el tema del fiscal Ocampo.
-Bueno, mire, hay que planear algo urgente para sacarlo de la cancha al fiscal Ocampo.
-Pero doctor ¿qué hizo el fiscal Ocampo?, preguntó otra vez el Agente X.
-Y… pidió mi recusación. Imagínese, pidió que me saquen de la cancha. No sé qué le pasó, de golpe se puso en mi contra.
-¿Pero eso puede prosperar doctor?
-¡Noooo!, nunca, ya presenté un escrito en la que rechazo esa recusación.
-Pero pensé que todo andaba bien y que ahora había sólo detalles.
-Mire, el detalle más grande será plantarle alguna prueba a Ocampo y va a quedar incriminado en el hecho. No va a poder zafar porque todo el mundo sabe de su condición de homosexual. Por ahí lo voy a agarrar. Hay que hacer creer sobre sus afinidades sentimentales con Ormeño y otras personas.
-¿Y qué quiere que haga yo específicamente? ¿Que le plante la prueba?
-Exactamente. Mario de Chilecito, usted no lo conoce todavía, me va a enviar un par de zapatillas de las que dan los políticos, y usted se la va a plantar a Ocampo, ya vamos a ver en qué lugar y cómo.
-No entiendo el tema de las zapatillas ¿Por qué unas zapatillas?
-Porque haremos de cuenta que esas zapatillas son del tucumano al que tengo detenido.
-Doctor: sigo sin entender.
-Mire -contestó algo molesto- no es necesario que usted conozca todos los detalles, déjeme que la estrategia la maneje yo. Por algo lo hice traer, usted va a servir para terminar bien esta investigación ¿me entiende?
En eso, la bolsita de plástico con algunas pertenencias que el Agente X había dejado en un costado, en el piso, hizo ruido, cosa que sobresaltó a Moreno, y al policía hizo sudar. Se levantó como un leopardo al acecho y esto aterró al policía. ¿Sospechaba que todo estaba siendo grabado minuciosamente?
-¿Qué ruido es ese?, pregunto Moreno, con los ojos desorbitados. Fue la única vez que el Agente X lo vio deshacerse de su habitual calma. Otra vez el ruido, hasta que el Agente X se dio cuenta que era su propia bolsa, posiblemente por algún aire retenido en su interior.
-¿Ah! es la bolsita. Doctor, usted que está a mano ¿Me la alcanza por favor? La voy a poner sobre la silla, dijo el Agente X rápido de reflejos, para disipar cualquier duda del magistrado. Este, miró sin disimulo qué había adentro del plástico y la puso él mismo en otro lado, y se sentó, aparentemente sosegado.
Pero la misión del Agente X era llegar hasta el fondo. Todavía no estaba conforme con la conversación. Sacó su celular y vio que eran las 3 de la madrugada, y además de su cansancio, estaba irritado porque Moreno seguía hablando de un único tema: plantar pruebas al fiscal Ocampo. Iba y venía con este monotema.-
-¿Y cuando llegan las zapatillas doctor?
-Ya las pedí. Mario se maneja con algunos políticos, así que ya me las envía, pero deberíamos también pensar en otra cosa.
-¿Como qué doctor?
-Y... como por ejemplo hay que traerle un muchachito para enamorarlo.
-Yo se lo puedo conseguir.
-¿Sí? ¿Usted lo podría conseguir?
-Claro. Puedo traerle un travesti.
-No, no, no sirve. No le va a gustar. Hay que conseguirle un muchachito que sea lindo, jovencito, de unos 18 años más o menos, entonces después lo filmamos cuando esté con él.
-¿Usted tiene como filmarlo doctor?
-Claro que sí. Tiene que buscarse un limpiador, un verdulero, que sea bien machito y después lo hago declarar como testigo reservado y no le va a pasar nada legal.
-Doctor: ¿Cómo fue todo? ¿Cómo paso? ¿Cómo lo hizo?, se animó el policía.
-Lo hicimos como lo planeamos y ¿Para qué quiere los detalles? Ahora la preocupación es otra, primero cómo sacarlo a Ocampo, y luego veremos.
Aunque ya lo sabía, escuchar “lo hicimos como lo planeamos” fue un golpe mortal para el Agente X, y tuvo ganas de vomitar. Quería huir.
-Doctor, disculpe, me caigo de sueño, debo descansar para mañana. Ya eran las 3.20.
-Bueno, mañana empezamos a trabajar en lo fino.
Acompañó al Agente X hasta una habitación donde había muchas cajas apiladas, en tanto el policía miraba a hurtadillas por dónde podría escapar de esa casa, pues su real intención era picar si era posible hasta La Rioja. Ya se había planteado la necesidad de un enfrentamiento físico con el juez. En fin, era policía y estaba dispuesto ha defenderse si era atacado.
Para conocer más el movimiento de la casa le dijo: “Doctor ¿el baño está en condiciones?”. Moreno se lo mostró y le dio algunas explicaciones sobre el uso de algunos artefactos, pero el policía apenas lo escuchaba, pues estaba atento a estudiar qué aberturas existían en la casa para escapar. Vio que todas las ventanas estaban bien cerradas, para colmo, vio de qué modo el juez aseguraba las puertas con llave para luego ir a su dormitorio.
El Agente X sabía que esa noche iba a velar. Apenas cerró la puerta de su habitación, buscó la ventana para ver si podía escapar por ella. Estaba dispuesto a poner sus pies en polvorosa, no por miedo, ya se lo dijo, sino el temor a usar su arma en contra del juez. Tenía la certeza de que este lo iba a matar esa misma noche.
La ventana estaba atascada con las cajas apiladas y otros utensilios a los que no podía mover sin hacer ruido, por lo que por esa vía no podía escapar.
Optó entonces por recostarse en un camastro con la pistola en el pecho y una bala en la recámara o en boca, según la jerga policial. Vestido de azul, de policía, todo un símbolo para el hombre que se dice “policía de alma”.
A las 4.30 aproximadamente, cuando pensó que todos estaban dormidos, abrió la puerta de su habitación con la excusa del baño, y pensó que era el momento de huir, pero una nueva mirada le hizo saber que jamás saldría sin hacer ruido, por lo que se resignó a lo que vendría. Sintió que desde la habitación del juez alguien abría la puerta y supo que Moreno tampoco dormía. ¿Desconfiaba?
A las 7 de la mañana oyó que el juez salía de la casa.
A las 8, recibió la primera llamada del periodista que apenas durmió, preocupado por la seguridad del policía a quien había instado a trabajar como su agente encubierto en una misión riesgosa. “¿Todo bien?”, le preguntó, a lo que el policía le respondió que espere un mensaje de texto para recién hablar con tranquilidad, pues no sabía qué movimiento había en la casa.
A las 8.30, ya en línea con el periodista, el Agente X le dijo: “Por favor, sacame de algún modo de acá urgente, quiero irme ya, hacé todo lo posible para que me vaya de Villa Unión, esto está repodrido, no puedo seguir hablando”.
Había angustia en su voz, por lo que el reportero quedó más preocupado aún y corriendo se dirigió al fiscal Claudio Ana, a quien le hizo conocer la especie, y le pidió que accione algún mecanismo para traerlo de inmediato al policía de Villa Unión, con algún pretexto.
Cuando Claudio Ana habló con el jefe de Policía Luis Angulo, éste cayó en la cuenta que un hombre de la fuerza se encontraba en peligro, maldecía por lo bajo haberle dado el plácet para que vaya. Se arrepintió por haberle dado el sí a Moreno cuando este se lo pidió. Estimaba profundamente a su subalterno y por esta razón se le nubló el día. Pero ya se sabe, el juez ordena y la policía obedece. Además el cabo primero ya había trabajado con el mismo juez en la causa de la turista suiza ¿Cómo iba él a saber que la vida del policía peligraba ahora? No era la primera vez que el cabo le hacía dar dolor de cabeza por meterse en investigaciones que ni siquiera él autorizaba. Pero en el fondo estaba orgulloso del agente que, pensaba, “es capaz de dar su vida por su alma de policía”.
Se dijo: “Cuando lo vea le voy a dar un gran abrazo”.
Accionó un teléfono para que desde la comisaría de Villa Unión le ordenasen al Agente X que debía regresar a La Rioja.
En tanto, Walter Sinesio Moreno cargó al Agente X en un vehículo y partieron a Vinchina. Ya el Agente X estaba podrido del todo, pues se dio cuenta que Moreno no quería hablar de otra cosa sino de “plantarle” pruebas a Ocampo, quien se había convertido en una obsesión para el magistrado. Pero con la luz del día Moreno estaba más conversador y le contó que además de incriminarlo a Ocampo, había que empiojar de tal manera la causa, que todo termine en un verdadero berenjenal de conjuras, sospechas, pero con el eje de las tres personas detenidas.
Pensaba seguir con las detenciones, para cerrar la investigación con un círculo perfecto y él, una vez más, con la gloria del deber cumplido.
En Vinchina se detuvo detrás de un camión, se bajó, se metió en la cabina donde aparentemente conversaba con algunas personas, y luego de quince minutos regresó a su automóvil y partieron a Villa Castelli. A partir de allí comenzó a deambular de un lado a otro, caviloso y taciturno.
En Villa Castelli el Agente X recibió una llamada de la regional de Villa Unión para que de inmediato regrese a La Rioja.
A su lado se encontraba Moreno, quien le preguntó porqué motivo le ordenaban regresar. Molestó, el juez se comunicó con Angulo y le pidió explicaciones. “Doctor: lo que sucede es que este sonso se fue sin un peso. Dígale que venga a cobrar y se va de inmediato”, le mintió el jefe máximo de la policía provincial. El hecho era retirar a su hombre del peligro.
De este modo, provisto con una extensísima grabación de un aparato muy sofisticado dado por el periodista, con números de celulares que fueron vitales para dilucidar la investigación, se notificó de su orden en Villa Unión y –aliviado- le dijo a Walter Sinesio Moreno que cobraba y regresaba de inmediato.
A las 20 del 15 de abril, el periodista de EL DIARIO DE LA RIOJA lo llevó hasta El Ministerio Público Fiscal, para que declare todo lo que sabía.
Habían pasado seis días desde que el cuerpo de Jorge Ormeño fue encontrado cerca de Santa Clara, cerca de Pagancillo, pegado a la muerte.
EPILOGO
EL DIARIO DE LA RIOJA preservó su fuente a la que llamó “agente encubierto”, o “Agente X”, hasta que explotó su verdadero nombre, situación esta que era inevitable: Rolando Mario García, cabo primero de la policía provincial.
La figura de “agente encubierto” no existe en el Código Penal ni en las leyes del país, pero es una licencia periodística que hemos utilizado. Demás está decir que hay detalles que hemos obviado y que se conocerán cuando sea ventilado el juicio oral y público, como también está demás decir que cada uno de los datos aportados por el agente encubierto dio como resultado que en apenas doce días, el hombre que se decía juez, Walter Sinesio Moreno, fuera detenido e imputado por el asesinato de su amigo Jorge Ormeño.
Finalmente, y sobre algunos cuestionamientos pueriles que se han hecho por la actitud del equipo de periodistas del portal digital EL DIARIO DE LA RIOJA, preguntamos al amable lector, cual iba a ser el resultado del silencio.
De esa omertá que le ha hecho tanto mal a la provincia.