En 1964, ó 1965, con paupérrimos 9 ó 10 años de edad, y la supina ignorancia en cuestiones de fútbol, mandé una carta a los concursos de Baby Fútbol, el programa de Canal 12 de Córdoba que permitía competir a los equipos de todas las escuelas de la Provincia. Mi entonces amigo Luis Roggio me avisó que había sido sorteado, y al domingo siguiente mi padre me llevó en la gloriosa Puma Cuarta Serie al Cerro de las Rosas de la capital meridional para recibir el premio: un par de sandalias Skippy de Plástico a las que no le calzaba ni el pie de la Barbie.
Una cargada el premio. Pero me lo entregó Víctor Hugo Brizuela. Capaz que sólo me vio mi madre por televisión ese domingo, y en una de esas mi entonces incondicional amigo Luis Roggio, hoy yo en el olvido. Pero siempre me quedó ese recuerdo del Negro Brizuela interrogándome en el entretiempo de algún partido, hablando florido y marcando las erres en algunas preguntas de las que de no me acuerdo que carajo dijo, ni qué dije como respuesta.
Siempre sostuve que a la suerte hay que ayudarla. Si el destino o queseyo quien, determinan que debo sacar la quiniela, o el quini, o la lotería, de mi parte está jugar el día indicado el numero o la tarjeta precisas. Y esas cosas que no se comprenden hicieron que tomara contacto con Víctor Hugo Brizuela para recibir un premio de morondanga que nunca pude disfrutar, salvo ese momentito de gloria personal que aprecié décadas después.
A fines de los 70 me metí de lleno en el periodismo e hice de un trabajo la profesión de mi vida. Medios locales y porteños con llegada nacional (nunca diré nacionales) me permitieron vivir de contarle a la gente lo que pasaba, a mi criterio, lógicamente.
Pese a que no me gustaba el fútbol, a que no podía escuchar un partido por radio porque me resultaba imposible imaginar la jugada, siempre paraba la oreja cuando hablaba el Negro Brizuela. Admiraba esa capacidad de trascender desde las provincias en épocas en que si no estabas en los medios de masiva transmisión al interior no había llegada.
No le daba bolilla al fútbol pero ese periodista que me había dado un par de sandalias plásticas famosas por lo hediondas, despertaba mi admiración por el éxito de la aceptación de la gente, sin relatar, solamente comentando jugadas y criticando incapacidades, pero armando equipos de periodistas, relatores, productores, en los que nada quedaba sin organizar, sin decir.
Dicen que era estricto, exigente, jodido, en el cumplimiento de informar algo que para mí era insondable por el desconocimiento total de ese deporte, que ahora disfruto aunque sea para putear por la falta de compromiso de los “hiperasalariados” para quienes nunca existe crisis en el país, y que cuando es evidente su quiebra como ahora, para que no se funda el negocio de los clubes, promotores y jugadores, se utilizan mis míseros impuestos arrancado a fuerza de notificaciones de la impiadosa Afip.
Víctor Hugo Brizuela encontró el medio ideal en Cadena 3. Algo así como el zapato perfecto para el pié con juanetes o con callos, el calzado que no hace doler ni molesta ni aprieta, y que permite caminar como si se anduviera descalzo cual Kung Fu sobre el papel de arroz tendido por el Maestro Shaolín que enseñaba a deslizarse en la vida evitando roces innecesarios y pasando desapercibido en todo lo que no fuera lo estrictamente imprescindible para cumplir con el objetivo para el que somos paridos.
Con los años, los K y Grondona, me reencontré con el entregador de mi premio inútil. Hace poco aprendí a escucharlo, a entenderlo, quizás con más certeza después de la entrevista que allá por el 2007 le hizo Luis Bordalizio en una de mis madrugadas insomnes en la que el Negro Brizuela habló de su vida más acá del fútbol.
Valoré aún más a ese tipo del interior comprometido con lo que hacía, responsable por lo suyo que rompía el mito estúpido e ignorante de que sólo lo porteño puede trascender en un país federal que inexplicablemente cada día legitima el centralismo porteño usurpador de lo nacional.
Hace unos meses comencé a ver fútbol por tv, con el televisor en silencio y la radio encendida en Cadena 3, bancando el desfasaje de audio y video, pero llenándome de relatos que después terminaba de entender escuchándolo a Brizuela, presentado a toda pompa por sus empleados, merecido desde todo rincón en que se lo pueda apreciar.
Lamento porque en esta época de crisis total del fútbol se deje de escuchar una voz distinta y distante de los mentideros engañadores del porteñismo centralizador de la pretendida única óptica de la realidad.
Me preocupa pensar que no hay nada ni tan parecido siquiera.
La vida sigue, todo continúa, solo que la voz de la cadena del gol está terriblemente disfónica. Ojalá se supere, por el fútbol, y por el interior de este, nuestro vapuleado y sobreviviente país.