Y aunque es materia de otro análisis, lo decimos a vuelo de pájaro: ¿Por qué al periodismo argentino le cuesta tanto pedir perdón al público por sus equivocaciones y que son muchas?
Viene a cuento la introducción por dos temas que vamos a rescatar y que sucedieron hace pocos días: uno es el hallazgo de la factura de fecha 16 de junio de 2005 por la compra de un cortaplumas, emitida por una negocio de la ciudad de San Miguel de Tucumán y de un tratado de magia negra en lo que fue el despacho del ex juez Walter Sinesio Moreno, encarcelado por el asesinato del comerciante de Villa Unión, Jorge Alberto Ormeño, por un lado.
Sólo informamos eso sin realizar ningún juicio de valor, pero nos parece interesante decirlo, toda vez que históricamente se puso en la picota y polémica el cortaplumas encontrado en el camping de una de las imputadas por encubrimiento en caso de la turista suiza Annagreth Würgler, y que según algunos profesionales, habría sido comprado en Tucumán y posteriormente “plantado”.
El otro es nuestro análisis sobre la absolución de un padre que violó a tres de sus hijos y que a fuer de ser verídicos, nos costó redactar por el asco que nos dio, aunque esta repugnancia fue alimentada por el fallo de dos jueces, Gamal Abdel Chamía y Roberto Pagotto, que decidieron absolver de culpa y cargo al individuo.
Sobre el hallazgo de esos elementos en la oficina ocupada por el ex magistrado, no es precisamente el juez Alfredo Ramos –quien apareció por estos días en diferentes medios de comunicación desconociendo la especie- quien tiene la información fidedigna, pues el descubrimiento es reciente y el dato lo tienen, seguramente, las más altas autoridades judiciales.
Si las “fuentes fidedignas” de Villa Unión a las que nos referimos como informantes y a las que resguardamos porque es nuestra sal, nos mintieron, sabremos pedir el perdón público en forma hidalga y a esos fontaneros lo dejaremos en el archivo de nuestra memoria.
Hacemos de nuestra palabra una religión, un rito y un modo de vida.
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Pero queremos insistir sobre el tratamiento que le hemos dado a la absolución de quien para nosotros es culpable de la violación de tres de sus hijos, basado en la lectura minuciosa del caso, conversaciones profundas con el juez que instruyó la causa, con la mamá de los menores, con la abogada que la patrocina, con los profesionales que trataron a los nenes y atento al fallo en minoría del doctor Marino Pertile, quien en forma concisa y prudente votó en contrario a sus pares.
Creer, como lo proclamó a cuatro vientos el doctor Gamal Abdel Chamía, que él es el único impoluto en esta historia y que nosotros no sabemos nada de leyes, es menospreciar e insultar la sana crítica, la íntima convicción, la recta conciencia y la inteligencia de las personas.
El conocerá algo de leyes y le falta la ética indispensable para poder emitir un fallo magistral.
Chamía justifica y denuesta nuestra creencia de que falló pésimo, escudándose en otra mentira: de que el Ministerio Público Fiscal sería nuestro venero informativo y no sólo eso: sería quien escribe nuestras noticias.
O sea que amén del trabajo fiscalizador, son también periodistas de EL DIARIO DE LA RIOJA. Ana sería el director, Montivero el jefe de Redacción, Canavessio notero, las doctoras Moreno y Santander reporteras, Zalazar columnista especializado, Julián de la Colina, corresponsal y Nader, corrector.
La valía del periodismo son las fuentes que gana y posee. Nuestra ética y deber es preservarlas, ya sean fiscales, jueces, funcionarios, etc., etc., etc. Cualquier investigación se basa en esos confidentes.
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El valor de la palabra
Que un juez corrija la verdad nos parece asqueroso. Hacemos una analogía con el adagio que algunos pavonean: “La política es el arte de lo posible”.
El arte a que se refiere la frase, es el arte de traicionar, manipular aviesamente, de estar hoy acá y mañana allá, de embromarle la vida al prójimo y de faltar a la palabra empeñada, de ser unos vivos del año cero, confabularse y contraconfabularse, de ser y de no ser, ejemplos que poseemos de sobra.
Lo que para algunos es un pecado capital, el perjurio, para otros es el bocado de todos los días. ¿Hasta donde se obligan con la palabra empeñada? ¿Es necesario cumplirla y obsesionarse por ella? La mayoría de las culturas ha creado fórmulas especiales, solemnes o no para prometer lo que se ha de realizar, pero más allá de alguna fórmula, protocolo o ritual, el sólo hecho de obligarse a hacer algo en términos de conducta republicana, sería suficiente para que el ciudadano tenga la máxima confianza en sus líderes. De lo contrario no merece serlo, y sí merece ser depositario de todo el desprecio.
Y es tan importante este dato, que en la campaña electoral de 1988 que llevó a George Bush (padre) al poder en Estados Unidos, se hizo famosa una expresión que éste utilizó con mucha frecuencia: “Read my lips: no more taxes” (lean mis labios: No más impuestos). Pero una vez en el poder olvidó, o habría pensado que el electorado no leyó sus labios, y apoyó nuevos impuestos y así le fue en la contienda contra Bill Clinton, como bien lo dice Adelfo Regino Montes, en el Valor de la Palabra. “La palabra expresa el pensamiento y el sentimiento de nosotros los seres humanos. De hecho, la palabra nos hace diferentes del resto de los seres que habitamos el planeta. Y la palabra es verdadera, según la visión india, cuando hay plena correspondencia entre lo que se dice y lo que se hace. La palabra encuentra verdadero valor cuando se ve reflejada en la realidad. Por eso quizás en muchos rincones indígenas de México, la palabra cumplida sigue siendo regla de oro”.
Por todo ello, la palabra, es que, amable lector, tiene nuestra garantía.