La soja era más buena y tierna que el Platero de Juan Ramón Jiménez; dúctil, con un enorme poder proteico, tanto, que este escriba también aprendió cómo dominarla en la cocina; era una especie de espirituosa espinaca de Popeye.
La soja era buena. Con ella se comía y se educaba. ¡Bah¡ se la comían a ella y se nos educaba de qué manera utilizarla.
¿Qué riojano no aprendió a hacer pan, leche, harina, milanesas, ensaladas, guisos, jugos y hasta el famoso “laban” (cuajada) árabe, el cual quien esto escribe hacía con fruición y deleite aunque a la hora de beberlo la fruición y el deleite no eran tanto?
En La Rioja pauperizada de Maza, por lo menos, se comía con exceso, a falta de pan…, la soja que Desarrollo Social distribuía generosamente para paliar la pobreza generada por el propio Estado.
No obstante, la soja y el cúmulo de sus derivados no sentaron reales por estos pagos, ni por otros de este país, riojanos de paladar sibarítico, ergo, de los argentinos, habituados a los asados cada dos por tres con la mejor carne del mundo.
La historia de la soja y de qué modo quisieron insertarla en la cultura culinaria de esta provincia, es más triste aún.
Tan triste, como esa historia trunca que nos contaron de la soñada Argentina potencia.