Néstor Kirchner es un avezado político. Sus estocadas no son nada desdeñables y su lógica es irrebatible. Tampoco le debe interesar demasiado la caída de la imagen propia y la de su consorte. Es demasiado pronto para llorar, cuando se tiene un futuro que les asegura el poder hasta el 2011.
Cuando sus opositores se admiran del capital político –innegable y legítimo- que supo atesorar palmo a palmo desde que fue ungido presidente, pero que hoy “dilapida”, según sus detractores, hay que tener en cuenta que la fuerza de Kirchner radica en ese mentado 45 por ciento de votos que logró hace escasos seis meses, y que es la cantinela de Cristina cada vez que la furia la domina. Las demás voces, las desdeña, tanto, como el tronar de los “bocinazos y de los “cacerolazos”.
Es que posee tres elementos que lo hacen temible en cualquier contienda: tiene el inquilinato de la Casa Rosada, cuyo contrato vence en el 2011; copó por entero el Partido Justicialista, uno de los movimientos más populosos del mundo; y con estas dos estructuras inamovibles, cae de maduro todo el dinero que haga falta.
La oposición dormita y está desperdigada en taifas heterogéneas con un abanico que va de la “derecha golpista”, incluido el cuarteto preferido de Cristina que no fue “elegido ni votado por nadie”, hasta la izquierda más radical y ortodoxa, caso Vilma Ripoll, Raúl Castells, Hermes Binner, sólo para nombrar a los más representativos y conocidos, pero que no logra el catalizador que posiblemente surja en medio de esta batahola.
No le alcanza con Alfredo De Angeli y es de suponer que él mismo sabe de sus falencias, a pesar de la alta imagen que tiene en los sondeos y a pesar de sus esfuerzos, pero de todos modos son un fenómeno su carisma y ese halo campechano e inocentón que exuda. Seguramente dará mucho más que hablar.
Es necesario detenerse en la figura del entrerriano, a quien los dardos de todo el gabinete apuntaron, como es de seguro también los espías de la cartera del Interior. Pero no se han percatado que la vida de los hombres de esos pueblos, es harta conocida por sus vecinos hasta en los detalles más ínfimos y esa aceptación casi ciega de sus paisanos a De Angeli, preanuncian que el hombre no es nada común.
Con este panorama y según esa lógica de poder, nadie, nadie hoy por hoy en esta Argentina, podría vencer al kirchnerismo en una batalla electoral.
Por eso la iracundia de Cristina Fernández, su obcecación al diálogo con los sectores del agro, a sabiendas que finalmente cualquier discusión la ha de llevar a una avenencia que podría descolocarla políticamente y restarle más imagen a su imagen desgastada por estos cien días de furia.
La estratagema de la “reinversión” del producto de las retenciones al agro, y la “calidad institucional” que se declama, no es más que la “nueva buena” a las masas de oprimidos que el “modelo K” se ve obligado a sostener, pero no con contratos dignos que las sustenten social, económica, con cobertura médica y todos los derechos contemplados para el trabajador, sino con planes sociales que a la postre significan una calidad de vida muy inferior a otros argentinos, y el culmen del clientelismo.
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Los riojanos sabemos de sobra lo qué es el clientelismo, cuyo máximo exponente fue el régimen mazista, cuando hacía demostraciones masivas con dineros públicos. ¿Cuánto costó el masivo acto en Plaza de Mayo del miércoles 18?
Si en verdad se dieron cita 80 mil personas como consuetudinariamente corrigen la verdad los organizadores, los avezados políticos estiman que la erogación fue de unos treinta millones de pesos que seguramente ningún funcionario sesgó su colchón para donarlos.
Pero hay que convenir en algo: a estas alturas del conocimiento de cómo se mueve la clase política aquí, en la Quiaca o en Santa Cruz –el sayo para quien le quepa- esos argentinos fueron levados (sí “levados”), caso de la denuncia de familiares y amigos del joven tucumano que murió en el histórico paseo, por sólo cien pesos, dos sándwich, una gaseosa y una promesa, de la que jamás se conocerá su supuesto derrotero.
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Las retenciones ya han pasado a estas horas a ser una anécdota en este conflicto que el kirchnerismo no quiso arreglar en lo que se tarda en decir: “Convoco a los sectores del campo a dialogar con el gobierno”. Su cerrada negativa a sentarse con el agro sólo puede comprenderse en ese razonamiento que se aludía al principio de esta nota. Sus reiterados golpes verbales también, como cuando tilda de “golpistas” a esos rudos chacareros que con sólo atisbar sus rostros, cualquiera se da cuenta que son el verdadero coto de caza de la soberbia de la pareja presidencial.
Otro de los graves problemas internos de Kirchner, y que hace murmurar a sus espaldas a sus aparentemente aliados diputados, senadores y hasta gobernadores, es no reconocer que se ha equivocado con el alto costo impositivo que le está haciendo pagar al campo, toda vez que el decreto de la discordia, el 125, está vigente, según las propias palabras de Cristina.
La voracidad de la administración central no tiene límites, si estudiamos la escalada de las retenciones que primero fueron del 17 por ciento, luego las subieron al 35 y en mitad de la cosecha granífera, al 45, sin consenso y en forma soterrada, hasta que fue noticia.
Cuando el conflicto arreciaba, la movida política fue anunciar el “plan de redistribución”, aunque muchas de las obras públicas allí enunciadas ya figuraban en el presupuesto nacional.
¿Por qué tanta persistencia? ¿Por qué esa tozudez en manejar ellos y sólo ellos el dinero sonsacado a los productores? Pide calidad institucional y declamó que la democracia se cura con más democracia y envió el proyecto de retenciones al Congreso Nacional, pero se olvidó de algo esencial: de pedir la derogación de los superpoderes entregados por ese mismo congreso adicto y más dormido que un lirón.
Si fuese así, la redistribución popular de esos dineros públicos, sería transparente y los gobernadores, se liberarían de ese secuestro y simbiosis brutal a que los tiene sometidos, bajo la consigna de la caja.
Segmentar las retenciones por ahora es la mejor solución y que los grandes terratenientes, comprendan que o son solidarios a las buenas, o con la ley, aunque la mayor cristalinidad sea el impuesto a las ganancias de la que los Kirchner ni quieren escuchar, sabedores de que de este modo, la coparticipación a los estados argentinos es directa, automática y que se requebraría la vasta red clientelar que es el pivote más firme que por ahora los apuntala.
Tal vez haya una luz de esperanza al final de este túnel oscuro y lúgubre por el que transitamos hoy los argentinos, donde los medianos y pequeños productores también están llenos de furia y no comprenden que cortar las rutas es un delito, y que han logrado en apenas cien días lo que no ha logrado ningún político en décadas: concitar la atención popular de la mayoría de los argentinos que están a su favor.
No poca cosa, si la saben capitalizar.