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31/05/2008
COLUMNISTA : Samuel Diab
El pueblo en armas
Por seis o siete años los piqueteros clásicos cortaron las rutas del país. ¿Quién no recuerda –por lo menos los que vivimos en La Rioja- los padecimientos que había que sortear cuando se viajaba más al norte, Tucumán, Salta, o Jujuy? Rostros encapuchados, palos, amenazas, quemas. Las rutas se habían liberado, así como la impunidad de los que participaban y sus jefes, con la consigna presidencial de “no reprimir”.

Hay mucho de cinismo en el ministro de Justicia. Aníbal Fernández, cuando dice ahora –con la detención de los ocho ruralistas ya liberados- que “el Gobierno nada tiene que ver”, escupiendo en la inteligencia de los argentinos, como si ignoráramos que la Justicia es un apéndice del poder político, y que el reaseguro de los dos presidentes, el real y el formal, no fuera el sistema judicial que ellos mismos criticaban de la era Menem.

De un problema eminentemente despolitizado, como fue el de las retenciones, el matrimonio Kirchner le ha puesto el ingrediente más enojoso: el político. Y así como los argentinos debieron soportar a los piqueteros clásicos produciendo todo tipo de desmanes, alineados con el gobierno que miraba para otro lado, hoy ambos presidentes iniciaron la chavización paulatina de su poder, reprimiendo a los pequeños productores que han decidido no dejarse vencer por la autocracia kirchnerista.

El presidente real, Néstor Kirchner, encaramado en la vorágine de su propio mundo, obcecado, insidioso y letal para quienes no viven en él, se ha propuesto con un simple decreto adueñarse de los dineros ajenos, promoviendo las retenciones que merced a los superpoderes entregados por el Congreso -flexible hasta la humillación- al superministro Alberto Fernández, podrán ser “reinvertidos” a gusto y placer del sistema y novedoso rumbo en que se sumió al país, sin la intervención del poder legislativo.

¿Por qué en lugar de las retenciones no hacen hincapié en el Impuesto a las Ganancias, es decir, que aporte más quien gane más? ¿Por qué tanta puja con el 41 por ciento de las retenciones? ¿Quién y cómo manejará esos dineros? Ya lo sabemos.

En tanto la presidenta formal, Cristina Fernández de Kirchner, consorte del presidente real, ve licuarse el reciente 60 por ciento de aceptación en las masas, relámpago empalagoso y fútil que ahora retrocedió a apenas el 26 por ciento, primera vez en la historia argentina, desde que inventaron los sondeos.

En verdad que los Kirchner han hecho cosas inéditas en la historia argentina: Néstor llegó a la presidencia -préstamo de Eduardo Duhalde que hasta ahora éste no pudo cobrar- con sólo el 5 por ciento de intención de voto; del marasmo político y administrativo del 2001 hasta cinco años después, y en forma increíble, logró sacar al país de su postración; inventó la Argentina bipresidencialista colocando a su esposa al frente de la primer magistratura cuando por alguna ignota razón que algunos barruntan pero nadie está seguro, él no pudo continuar como presidente constitucional.

Y más para el Guinness: en apenas cuatro años logró una popularidad incólume con la suma del poder público y político sin nubes negras a su alrededor (Fuerzas Armadas acalladas y absolutamente controladas; jueces diligentes y funcionales).

Pero como al mejor cazador se le escapa la liebre, todo ese ahorro político transvasado a su mujer, lo está despedazando desde que decidió echar mano al poder del poder que él mismo ayudó a formar, conformado por el monopolio del poderoso campo argentino. Es decir, de un sector minoritario del campo argentino, viejos cortesanos palaciegos.

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Ni la propia gente de campo está de acuerdo con los gigantes monopolios de la soja, y las enormes ganancias que de ella devienen, no obstante, tampoco en que el dinero de las retenciones, que algunos economistas calculan en unos 800 millones de dólares, sea patrimonio del matrimonio presidencial y de sus gentilhombres.

El grave problema se originó porque los argentinos, y particularmente la gente del campo, se desayunó el diez de marzo pasado con el anuncio de las retenciones móviles del 41 por ciento (estaban en el 35 y antes en el 27). No se había consensuado la medida, al típico estilo Kirchner: pegar primero y luego discutir.

La iniciativa no fue aceptada.

Hay que tener en cuenta que el conjunto de los argentinos no conoce técnicamente las medidas tomadas por el gobierno, pero tampoco el gobierno ha hecho mucho para difundirlas y explicarlas convenientemente, pese a todo, y como un reguero de pólvora, las simpatías de los argentinos, pueblo tras pueblo, se han volcado a la gente de campo.

No son la derecha argentina, ni son golpistas, ni enemigos de nadie. Es injusto y una sinvergüenzura endilgarles el querer reeditar la historia de los años ’30, ’55 o ’76, tal como plasmó el increíble documento del Partido Justicialista que lejos de la circunspección atizó más los ánimos de por sí ya caldeados.

La presidencia ganancial del matrimonio Kirchner echa más leña al fuego, y el periodismo argentino, los politólogos y analistas se desgañitan para conocer la incógnita; cual es el propósito o estrategia de la pareja presidencial, si la tiene, o si en realidad el sufrimiento del pueblo argentino se hace en nombre del arrebatamiento y nada más que del arrebato de un personalismo cuya persistencia ha de pegarse contra el muro.

No se necesita mucho sentido común y perspicacia para saber que las cosas han llegado demasiado lejos y que han humillado, golpeado e insultado al pacífico hombre de campo, que nada tiene que ver con los pulpos que los oprimen.

Y cosa rara, en ochenta y pico de días de conflicto jamás se le escuchó a los Kirchner nombrar a quienes realmente se han beneficiado y monopolizado las enormes rentabilidades del campo.

¿Cuál es el real interés en manejar 800 millones de dólares?

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