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22/04/2008
COLUMNISTA : Samuel Diab
Ya lo juzgué y mi conciencia lo condenó
Hay una verdad subjetiva que cada hombre de prensa maneja a su antojo. Nosotros como portal y medio informativo preferimos la mesura, la circunspección y por sobre todo, la verdad.

Pese a todo, persiste esa verdad subjetiva y la íntima convicción en los hechos cotidianos que descubrimos o debemos meramente trasladar al gran público. No nos quiebran las luces efímeras del éxito efímero, ni cuando descubrimos el llamado plan servilleta –urdido por el mazismo para intervenir la provincia u otros- que tocaron profundamente el tejido social.

Es más: hay varios hechos que seguramente muchos hombres de prensa en su afán informativo descubren, y que el gran público no conoce. El perfil bajo ha sido y es nuestro temperamento. Esta vez estaba en juego la vida de tres personas inocentes, a quienes Sinesio Moreno les había plantado pruebas para incriminarlas.

¿Qué habría pasado si por temor, miedo, u otro componente nos habríamos detenido? No es difícil la conclusión, la que dejamos librada al antojo de los colegas y público.

De allí que abiertamente hemos decidido aportar nuestra investigación a la justicia, la que dio el puntapié inicial para que, además de la investigación amañada iniciada por Moreno, a apenas cuatro horas de encontrado el cuerpo de Ormeño, ya el magistrado estuviese en la mira de los hombres de Claudio Ana, quien a partir de allí fue recogiendo profusas pruebas en contra del juez y que permitieron –entre otras- imputar el crimen a Walter Sinesio Moreno.

El introito sirve para introducirnos a fondo el tema del juez Walter Sinesio Moreno, su actuación al frente del juzgado, y su plan para robarle a su amigo, quien lo sacaba de apuros financieros regularmente. Esto para demostrar de qué modo el magistrado tenía afinidad cuasi familiar con el occiso.

Pero antes, debemos resaltar que cuando hablamos de la verdad subjetiva, esta es la que nos guió para informar a nuestro público sobre el caso del hombre que se decía juez.

Walter Sinesio Moreno tenía una conducta licenciosa. ¿Tenemos pruebas para afirmar esto? Sí la tenemos. Era habitué a los lenocinios de Villa Unión, tal como lo reafirmaron los proxenetas que administran esos lugares. Tenía deudas y vivía miserablemente. Su amigo Jorge Ormeño era quien a menudo lo sacaba de apuros, aunque también tenía acreencias con el hombre que frecuentaba como un verdadero amigo.

Claro que para el artículo 19 de la Constitución Nacional, esta conducta es del ámbito privado y no se la debe juzgar por ello. Aunque el “ello” sea un juez de la república.

Por otro lado, también conocemos, de primer grado, la vida, acción y conducta del empresario Jorge Ormeño, a quien algunos medios de comunicación querían hacer aparecer como homosexual y afín sentimental a otros hombres de esa condición. ¿Y esta última intromisión comunicacional cómo se llama? ¿Acaso por su condición sexual había que hacerlo desaparecer?

Todo lo contrario. Sus más íntimos amigos, clientes y la propia familia, destacan muchas de sus cualidades y generosidad de hombre de campo, sus antepasados eran oriundos de Aicuña y sus abuelos habían ido a vivir a Pagancillo. Luego eligió Villa Unión que fue su destino final.

Son contestes también las afirmaciones que dicen que Ormeño no sólo gustaba de las mujeres, sino que tenía amistades seguras, nunca promiscuas. Este agravio que sufría su mujer, dio lugar a otras elucubraciones, pese a que en los últimos tiempos la llegada de un nietito lo dejó al hombre postrado de chochez en su propia casa y esto hizo que el vínculo familiar se afianzara, resquebrajado como estaba.

Walter Sinesio Moreno comenzó a urdir su plan meses atrás, aunque en la proximidad de semana santa pasada comenzó la tarea de reclutar gente para cometer el robo. En una reunión preliminar ya lo había dicho: “Hay que hacerlo a cara descubierta”, por lo que el desenlace de sangre también se había previsto, si tenemos en cuenta que Ormeño iba saber quién lo sacaba de su domicilio, tal como se realizó.

A las dos horas que se hizo público el hallazgo de Jorge Ormeño, este periodista supo de primera mano el modus operandi del juez. Tenía dos opciones, quedarse callado para siempre, o reportar un valioso testigo ante la justicia. Optó por la segunda, cuando supo también que se iban a involucrar a personas inocentes con pruebas plantadas, noticia ahora harto conocida por la opinión pública-

Antes, insté al testigo clave y luego “agente encubierto”, a que se comunicara con Moreno delante de mi persona. La información era tan descabellada que me resistía a creerla. Escuché una, dos, tres y más veces al propio magistrado intentando hablar en clave para ordenar más fechorías a la fechoría realizada.

Cuando salió de sus casillas, más adelante y cuando ya estaba rodeado por las pruebas en su contra no hesitó en asegurar que “pago mil pesos por prueba plantada. Ya le envío las zapatillas para que lo haga”. Las famosas zapatillas había que “plantárselas” al fiscal Alberto Ocampo, un “enemigo” circunstancial que se había interpuesto en el camino de su investigación trucha.

El agente encubierto durmió en la casa del juez Moreno el lunes 15, seis días después de cometido el crimen. Dormir es un decir, ya que el hombre ni pestañeó en la creencia que –como un cabo suelto- el juez podía también ultimarlo a él.

Hay mucho más que prometí contarlo y lo haré en breve.

Me preguntan si tengo miedo. Contesto: más miedo tengo que mi silencio lleve a la cárcel a personas que sé inocentes.

De allí que dejo para los letrados, leguleyos, jueces, fiscales, policías, estrados judiciales, normas, leyes, procedimientos, el juzgamiento del hombre que se decía juez.

Pero yo no esperaré su condena, pues mi conciencia ya lo hizo. Le di la pena capital.

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